>>Ensayo: La Ciudad de Ezequiel. Roberto Castillo

Escritor y filósofo hondureño (1949-2007)

Escritor y filósofo hondureño (1949-2007)

Curiosa ciudad ésta, la de Ezequiel Padilla. En sus muros de luz no queda ningún indicio de empresa fundacional alguna, porque, desde el primer instante, la mirada que los recorre va metamorfoseándose con ellos. Surge así el ver como experiencia que no cesa y que tanto convoca la desesperanza como el dolor, la brutalidad como el desamparo.
Sus calles nunca están desiertas, pese al constante tráfico de soledades que tanto de día como de noche las abruma. En ellas, de sorpresa en sorpresa, el ojo gira y se ensancha, retrocede y se disminuye, pero nunca deja de mirar. No se traga la claridad ambiental, siempre dudosa, sino que la aporta. El tiempo, de suyo escurridizo, crea, a sabiendas de todos, la ilusión de detenerse en este manchón o en aquel mentón; tiempo que llena hasta el último de los recovecos en que se desdobla la ciudad pero que no se deja captar, sino que constantemente hace sentir que nos observa.
¿Qué es el color en esas calles que carecen de dioses tutelares? Agonía en el originario sentido de la palabra. Es decir lucha o combate; y la más radical de las luchas: la que se libra entre la vida y la muerte, cotidianamente renovada en los lugares donde hay seres humanos e indicada con toda clase de signos o cubierta por incontables símbolos en la experiencia de la ciudad. Tal vez venga al caso recordar que, en la primera teoría de la tragedia, el agón se constituye como el verdadero centro organizador de la obra. Pero también puedo decir, de manera nada conceptual, lo que es esta marcha de colores que en ningún momento da tregua a nuestros sentidos: la manotada de la vida (Honduras no ha descubierto su color, pero no hay que descartar que nos esté aguardando en el brillo de los ojos de los niños).
Ciudad de espacios abiertos, la que el objeto de estas líneas los expande de manera constante. En ellos siempre habrá lugar para cuantos no encontraron acomodo en la otra ciudad, la que sólo se interesa por que conviene a sus pequeñas miras administrativas y desecha el acecho, excluye o disimula la abundancia de males y no oculta su pretensión de dejar de ser terrena. Las plazas no están rediseñadas. El desgaste de sus piedras pudo producirse al ser lamidas éstas por animales famélicos que no cesan de reproducirse; o a lo mejor lo que era sólido decidió hacerse polvo sin dar cuenta de este acto a nadie, mucho menos a los poderes que no aceptaban que nada se les fuera de las manos. En medio de la sangre, o a pesar de ella, los rostros y las miradas de los héroes nos contemplan desde otra vida, distinta de la que les inventaron los que costearon sus primeros monumentos.
Partida en unos cuantos millones de mitades, que son las divisiones de los hombre respecto de sí mismo, la ciudad respira con una dificultad que acaso se manifieste mejor en el “déme” o “regáleme” que salta sin rodeos desde las voces de los niños (antes decían que estábamos en las orillas del mundo; ahora resulta que todas las orillas se han movido para acá). Pero esto marginal que viene en camino es, paradójicamente, éxodo. Sale de todas partes, y por efecto suyo la forma se vuelve orfandad pero no sucumbe, sino que, por el contrario, revienta en la luz enfurecida.
Nacimos del vientre, que nos lo dio todo pero no la forma. Ésta habrá que buscarla, y para tal cometido nadie está nunca suficientemente preparado. El que vaya por ella tendrá que guiarse por el instinto de la luz, que igualmente permite desgajar un momento de la cobertura histórica que lo preserva como entrever ese blanco rasgado por una cuchillada o el tajo que cortó de golpe una garganta.
Todo es memoria entre estos términos que no abogan por la rigidez. Memoria multiplicadora disparada hacia la construcción de su propio tiempo, no tributaria del que nos devora. En ella, los seres más cercanos seguirán siendo los niños. Potencia que recuerda, gracias a la deshumanizada mirada del otro, algún lugar para el hombre –siempre relegado por él mismo- en el mundo brutal del futuro.
En el taller de esa asombrosa ciudad, el arte no busca el refinamiento por el refinamiento mismo, tampoco el color vendible. Su técnica no desdeña el valor de ninguna enseñanza, pero a todas las que acoge las restriega con auténtica pasión artesanal en la cruda realidad de los hechos, de los que siempre regresa con algo nuevo que ofrecer.
De modo muy claro se advierte, por las señas que salen de todos los intersticios, una fatiga y también un deterioro del espacio urbano. Ambos coinciden con el envilecimiento de quienes lo habitan. Pero esta degradación es producida por un poder externo del que la luz siempre ofrece unos trazos a tono con la velocidad o indignación de la mano; esto explica la abundancia de zarpazos luminosos. La ciudad duele en muchas partes, pero sobre todo en el arte. Se suceden las generaciones, la indiferencia sigue igual. A veces la lluvia tiene la virtud de recordar que nadie se queda sin mojarse. Descubrimos también otro de los significados de este espacio: por él estamos todos en la misma cárcel.
Tal es la ciudad de Ezequiel Padilla Ayestas, no expuesta ni abarcada en plenitud, sino solamente sugerida con unas pocas palabras. Ciudad terrena, ciudad de los hombres que se afirma sobre su propia propuesta, esa que habla directamente al ojo y que la ve y que jamás incurre en la tentación de pararse sobre las huellas de lo andado. Para entrar aquí hay que renovarse en alguno de los tantos sentidos que lo humano permite y propicia. Por eso recurrí a los mecanismos de la ficción, que me hicieron sentir como si fuera el primero en visitarla.

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