Réquiem para un Cronopio

Réquiem para un Cronopio
(SERGIO RODRIGUEZ)

“¡Caro, caro amigo! gritaba Juan Domingo al ver entrar al violinista Baygón (porque no se le escapaba ninguna cucaracha) al coctel de la embajada italiana. – Pero Juan Domingo, no sabía que Ud. hablara italiano, le comentó la esposa del embajador. – No señora lo que pasa es que este amigo me sale caro, siempre me deja pagando la cuenta”.

Así con tu mordaz sentido del humor inundaste nuestras vidas y nos embriagaba una grandísima alegría verte todos los días y compartir contigo los desayunos en el Súper Donut; con frijoles fritos, tamalitos de maíz tierno, huevos estrellados y un café negro sin azúcar.

Hoy me llega la triste noticia de tu partida, te nos fuiste lejos de este orbe y nos dejas sólo con las risas de tus anécdotas y tu docta memoria. Quien nos hablará de Unamuno, Ortega y Gasset, Mistral, de Diego Rivera, de Siqueiros, Neruda, de la historia de la plástica hondureña, de la nueva trova catracha, de las crónicas guerras civiles de Honduras, de los poetas del boom y literatura latinoamericana, de los murales de Orozco, del folklore del arte hondureño, de las etnias y cultura Maya, de los amigos de siempre; Eduardo, Sosa, Dino, Rigoberto, Siliézar, Milton, Adán, el tigre E. Padilla, de V. Meza, F.D. Chávez, Anarella, Rosario, Iván entre miles de otros.

¡Ay! Cronopio, cómo me duele tu abrupta partida, no me lo esperaba para nada. Estaba lejos de mi hogar en mis menesteres sinfónicos cuando el Dr. Almendares y otros en el foro Neohibueras escribieron de tu adiós. Mientras tocábamos el concierto en La menor de Schumann para piano y orquesta -que te dediqué- las lágrimas inundaron mis mejillas sin poder o querer hacer nada para contenerlas; se deslizaban ad libitum y en molto agitato. En el segundo movimiento entre las secciones lentas y líricas podía recordarte, sentía que mi corazón se ensanchaba y su latido en contrapunto con el piano, polifonía tantas emociones encontradas: alegría de haberte conocido, tristeza de aceptar que ya no estás entre nosotros, y sentir este vacío enorme que deja tu partida; me siento algo así como un abandonado, viejo y quebrado violín.

¿Qué habrá sido de tus más valiosos tesoros? Los miles de libros que coleccionaste durante toda tu vida -tu única herencia; aquellos que rescatabas de los mercados y de las manos de los voceadores porque en sus primeras páginas encontrabas los nombres firmados de sus legítimos dueños. Amaste a tus libros como a los hijos que no tuviste; era fascinante ver tu faena cuando los fines de semana sacabas tus tomos al aire libre y los limpiabas con meticulosa destreza.

En dónde estarás Juan Domingo cuando entre la lectura de tus libros, suene un casete y no un mp3 de tu música favorita; Pablo, Silvio, Mercedes, Auté, Inti Illimani, Violeta Parra, Serrat, Báez, V. Jara, de las rancheras y corridos preferidos de tu padre que religiosamente sonaban exactamente a las cuatro y media de la madrugada, de los conciertos de piano de Chopin, Mozart, y Bach…

Ya no vendrás a visitarnos en las navidades que añorábamos tu presencia. Arianna, tu ahijada violinista, sólo podrá recordarte de cuando le enseñaste a mecerse en el columpio y jugabas cartas con ella. Mi musa Silvie no deja de pensar en ti, la noto triste, sobre todo cuando recuerda la última conversación que sostuviste con ella, ocho días antes de tu partida… y es que te queríamos tanto…

Ya no podrás pugnarte con Anarella en Paradiso por querer presentarme en uno de mis recitales. Paradiso ya no será lo mismo sin ti.

Ya no te veremos los domingos leyendo los periódicos buscando a los nuevos plagiarios literatos, ni te veremos con tu modorra llena de libros caminando inclinado por las calles de Tegus, ni iremos juntos a beber guaro, a vengarnos de Carías en el Picnic, ni al acostumbrado Tito Aguacate a tomarnos un ritual de calambres. Los sábados antes de Paradiso ya no me llevarás a comer curiles en el mercado, ni a tomar cervezas en el Duncan Mayan.

Por qué te fuiste tan rápido Cronopio querido, sé que estabas cansado de esa Honduras oprimida bajo la asonada militar y líderes políticos que la destruyen por su avaricia de continuar esquilmando el erario de un pueblo en completa miseria. Sé que sufrías de ver a tu pueblo toleteado y sus líderes asesinados por un gobierno espurio en contra de la Resistencia que nació después del 28 de junio. Sé de buena fuente que aun con tus dificultades de salud salías con tu modorra a marchar con absoluta solidaridad junto al pueblo para tratar de cambiar el status quo de un Estado quebrado y carcomido por los capos empresariales, religiosos, militares y bipartidistas.

Dónde estarás, querido amigo, cuando mi violín esté sonando en los recitales que siempre asistías. Quién hará las presentaciones de rigor en las galerías de arte que con tu virtuosa narrativa erudita daba paso a la admiración de la plástica que amabas tanto.

Recuerdo Juancho, cómo te admirábamos todos los que te escuchábamos, y es que poseías una elocuencia y sapiencia socrática que te caracterizaba, la cual nos permitía viajar tridimensionalmente a través de tus exquisitas narraciones.

No quiero estar triste, querido Juancho, porque tú fuiste siempre alegre, pero yo soy así, lloro porque ya no estás. Me alegra sobremanera eso sí, que ya no estarás solo, estarás mimado, arrullado en los brazos de tu madre, la mujer que más quisiste en la vida. Me acuerdo de tu desolación de cuando la recordabas en armonía con la rockola que tocaba su canción favorita; Candilejas, de Charlie Chaplin. Estarás también con tu padre al que admirabas tanto, el que te mataron enfrente de tus ojos de niño, tu padre quien fue un aguerrido militar en las guerras intestinas de nuestra Honduras.

Te prometo recordarte siempre, querido Juancho, Cronopio hermano, y agradezco a la vida por haberte conocido y disfrutado de tu maravillosa persona.
¡Descansa en Paz querido amigo!
Juan Domingo Torres, 2009
Violinista, director de orquesta, compositor * Atlanta, GA 10-21-10.

Sergio.raulrodriguez@gmail.com

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