Rigoberto Paredes

Rigoberto, Roberto Sosa, Roberto Castillo y Hernan Antonio Bermúdez

Rigoberto Paredes, Roberto Castillo y Hernán Antonio Bermúdez, co fundadores de Editorial Guaymuras,  con quienes  emprendió diversos proyectos culturales, como la fundación de la Revista Alcaraván, Revista Galatea y otras. En aquella ocasión  recibieron al poeta  Roberto Sosa, 1981, en su calidad de Consejo Editor de la Revista Alcaraván.

rigoberto, 1987

En el antiguo local de Café Paradiso, 1987, Ave. Miguel Barahona, Entre 12 y trece calles, tras la inauguración de éste emblemático espacio en donde la cultura y usted hacen buena compañía… con sus amigos Rafael Rivera, Armando García, el Dr. Padilla, Juan Domingo Torres, José Adán Castelar, Helen Umaña, José Luis Quesada.

Rigoberto Paredes (Trinidad, Santa Bárbara,  Honduras, 26 de abril de 1948 – Tegucigalpa, Honduras, 9 de marzo de 2015). Hijo de Mercedes Fernández Fajardo y Antonio Paredes Regalado. Contrajo matrimonio con la historiadora hondureña Anarella Vélez Osejo el 12 de diciembre de  1986, con quien procreó dos hijos: Rigoberto Andrés y Fernando Antonio Paredes Vélez. 

Poeta, ensayista y editor, Rigoberto es una de las voces más representativas de la poesía escrita en Honduras a partir de la segunda mitad del siglo XX.  Perteneció a los grupos literarios: Tauanka de Tegucigalpa y Punto Rojo de Colombia. El tesonero trabajo de Paredes  es reconocido en su país, en donde fue galardonado con el premio   It-zamná de Literatura, otorgado en 1983 por la escuela Nacional de Bellas Artes  y el Premio Nacional de Literatura Juan Ramón Molina (2006). Finalista en los Certámenes internacionales de poesía de Casa de Las Américas (Cuba), EDUCA (Centroamérica) y Plural (México). 

Ha sido co fundador de los  proyectos editoriales: Editorial Guaymuras, Editores Unidos y Ediciones Librería Paradiso, así como de las revistas Alcaraván, Paradiso,  Imaginaria, Astrolabio y Galatea. Así mismo, participó en la fundación de los periódicos Letra Libre, La Nueva República y Vamos Pueblo. 

Obras publicadas: En el Lugar de los hechos (1974); Las cosas por su nombre (1978); Materia prima (1987)Fuego lento (1989)La estación perdida (2002); Obra y Gracia (2005); Segunda Mano (2011),  Lengua Adversa (2012),  Partituras para cello y caramba (2013), Irreverencias y Reverencias (2014).  Es coautor, junto con Roberto Armijo, de la antología Poesía contemporánea de Centroamérica, publicada en Barcelona. 

Leal a su compromiso con la poesía, participó en recitales personales y colectivos, organizados, muchos de ellos, en el contexto de festivales, en Honduras, Madrid, Francia,  Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Estados Unido de América, México, Colombia, Argentina, Chile, y  otros países del mundo.

Paredes estableció,  siendo aun muy joven, relaciones entrañables con los poetas de la región centroamericana, particularmente con Roberto Armijo, como lo muestra su estancia en París en 1980, periodo durante el cual prepararon la Antología de Poesía Contemporánea de Centroamérica.

La extensa creación de Paredes transita por temas, metáforas y ritmos que muestran su profunda identidad con la tradición poética de América Latina. El eje semántico que domina su poesía es la ironía. Ironiza el amor, la muerte, el desamor, la soledad y la poesía misma.

Irreverencias y Reverencias confirma a Rigoberto Paredes como la primera figura de la escena literaria hondureña pos moderna, poesía que tiene el efecto conmovedor de una marejada en proceloso mar. Poesía de ruptura con la retórica que nos aleja de la substancia y de la verdad, poesía que expresa su lealtad con la vida.

Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, italiano y portugués.

Con el poemario  IRREVERENCIAS Y REVERENCIAS Rigoberto Paredes alcanza cuatro décadas de trabajo literario, serio y creativo, lapso en las que recoge la herencia de sus antecesores y logra una voz de extraordinaria factura, y nos encara con el escritor que ejerció permanentemente el oficio de poeta, cuyas imágenes de la vida, del amor, del dolor, de la poesía misma. están tomadas de la realidad y la literatura, en una relación esencial, vital, en la que resignifica la experiencia. 

CONJURO

 

Poesía,

no me dejes decir

lo que después yo tenga

que borrar, arrepentido.

Que nunca ponga en boca

de metal indeleble

lo que el más leve viento

dispersar podría a ras de página.

Que pueda yo nombrarte

sin esa amarga tinta del remordimiento,

dura, vieja condena de poetas penantes.

Y hazme reír, poesía, de mi mismo y de ti,

de todo cuanto luzca recato y compostura.

Sálvame de las frentes lustrosas y altaneras,

y descreído vuélveme

del que a tu puerta toca

desesperadamente,  lunático de sí, poesía,

candorosa  divisa de los faltos de ti.

Canta, poesía,  canta, en mi pecho grita

y por tu gracia vuélvase mi verbo

invicto puño y letra invicta ante el espanto;

no aullante, no inocente, nunca en fuga.

En tu nombre, poesía,

has de verme resistir por la herida.

El poeta Rigoberto Paredes nos ha legado dos poemarios inéditos Nada que valga pena  y Obra Póstuma

De Nada que Valga la pena:

MUDANZAS

Qué se pierde cuando pierdes el tren

que tanto esperaste

en la estación equivocada.

Si acaso, ese ramo de lilas que llevabas

a la tumba de tu madre.

Mañana será otra lila, bella durmiente,

la que habrás de lucir en tu chalina roja.

Y temprano vendré a despertarte

para juntos cortar florecillas de abril.

Hace tiempo lloraste por un muerto

y no olvido esa vez.

¿Quién se muere cuando uno muere?

Mejor canta, señora, canta,

yo alumbraré tu voz con mi sonaja maya.

Ahora que no ves, que duermes día y noche

y no hablas, no oyes,

conmigo, madre mía, escucha,

el silencio escucha y su música insepulta.

Y cante yo, te cante tu ángel

de Jericó, la cananea.

RISAS

Por objeto de risa te tomaron

sin saber vos por qué

y en tus narices burla y agravio

repartían los pendejos

mientras te señalaban como a bicho insano.

Y de tal manera se doblaban,

las manos tamboreando en sus barrigas

como orangutanes en celo,

que de bruces caían sin cesar de reir.

Distinguida es la risa en boca de algún loco

prestigiosa se vuelve, sin par

cuando razón nos da de vivir como nos dé la gana.

Qué diera el triste

por salvar esa caída a carcajadas.

Y el condenado a muerte

en quién hallar podría una sonrisa en fuga

como la del diablillo Achís

bajo el ojo en volandas del cabalista Bâhr.

Risas hay muchas,

unas de buena y otras de mala leche,

la del tonto, la del clown, la del loco

la risa del dormido y la del trasnochado.

Muchas, muchas,

pero ninguna

como la risa chillona de una calavera.

PEOR QUE TODOS

 Yo traicioné ese sacro lugar que me fuera fijado,

pero gané, yo el peor de todos,

yo, vencedor de tirios y troyanos

que juntaron poder y maledicencia en contra mía.

Impío fui esas veces como los dioses del mal

y di a beber pócimas letales al sediento

y sobras de vieja hiena a quien pedía bocado.

Cobardes todos, que puertas al campo levantaron

para dejarme a solas, a mí solo, ciego de amor,

vuelto un demente

abandonado en las orillas del río de Heráclito.

Lejos, apartado ahora de ese tiempo de matanzas,

veo empozada la sangre en los ojos de mis muertos

y crece mi dolor, crece por ellos.

¿Quién, por qué querrían ser

peor que yo,

el infame, el maligno, el peor que todos?

 

EL AMIGO POETA

El amigo poeta

llegó a Paradiso a preguntar por mí.

Me dejó en buenas manos

un ramo de sus versos

frescos y olorosos a ese mar donde vive;

destellos de ira eran con nombres y apellidos

de este país confuso, ambiguo hasta en sus alcobas.

Viaje de ida y vuelta el mismo día

fue como siempre el suyo

y manera no hay de apartarlo más tiempo

del ojo al Cristo de Zoila.

Quien no lo vio esa vez

no lo verá por largos meses,

porque el amigo poeta

cuida de pacientes y sirenas, seres muy dados

a morirse de amor en las madrugadas.

Yo fui a verlo un domingo

a bordo de un tractor del poeta Quesada

y allí estaba el nacido en Coyoles Central,

cantando, a voz en cuello, Oh sole mío

bajo aquel solazo de abril

que hacía reverberar la piel de las ceibeñas.

Tiempo sin vernos, años, lo suficiente, digo,

para que la amistad se vuelva

llama imborrable, prendida en la memoria.

Tras el sentido fallecimiento de Rigoberto Paredes, el poeta Rolando Kattan escribió :

¿Por qué no murió un astro?

Rolando Kattan

El pasado trece de febrero, en Café Paradiso, el poeta Rigoberto Paredes presentaba su último poemario: “Irreverencias y reverencias” supe del poeta, que este libro era uno de los tres libros de poesía inéditos, y que los otros dos los titularía: “Nada que valga pena” y “Obra Póstuma” (riéndose, me decía: “Obra Póstuma” es un título para muertos, pero yo lo quiero titular así.

Hoy, unos días después de ese encuentro y de luchar una semana, tan ardua y tan larga, como la primera del Génesis, Rigoberto expiró. Y por él, de quien aprendí a rezar con los poemas, ¡Dios!: ¿Por qué no murió un astro?como lo escribió Molina, es porque acaso, como lo reveló Vallejo ¡tú no tienes Marías que se van!

La causa de su muerte, la misma de los santos, sentarse a conversar en el monte, y como un río interminable, conversar, sí, conversar a corriente tendida, nadie había leído tanta poesía en este país y si me equivoco (que no creo), nadie tan memorioso como él, y si me equivoco (que no lo creo), nadie tan generoso, nadie más hizo de su sabiduría un árbol de frutas, ramificado siempre a la casa vecina.

Publicó la mitad de su obra en los últimos diez años, estaba tan lleno de poesía, de vida. Ignoro (porque me duele decir “sé”) que Honduras no sabe cuánto ha perdido. Hoy no ha muerto un poeta consagrado, sentado en sus laureles, no, murió nuestro poeta y murió escribiendo. El discurso no es ese, “que nos quedan sus libros” no, perdimos al poeta, y nuestro futuro queda maltrecho, siempre maltrecho, lo que no dijo Molina, lo que no dijo Domínguez, lo que no dijo Merren, lo que no dijo Bulnes, lo que ya no dijo Rigoberto, no lo dirá nadie y lo necesitábamos.

Rigoberto Paredes: el tótem poético como un diente de león.

Fabricio Estrada.

Ninguno de los consejos de Rigo era en vano. Todo árbol sabe hasta dónde alcanza su sombra y cuántos pájaros pueden llegar a él con sonidos nuevos y cuántos, también, son simple graznido temporal que picotea los frutos del silencio para luego desperdiciarlo todo.

Sabía, Rigoberto, cultivar sombras y nunca dejó de hacerlo. Ese árbol inmenso había encontrado la fórmula para desatar sus raíces y atravesar continentes hablando tan despacio como preciso. “Debemos atacar el provincianismo –me decía-, no dejar que sea la nostalgia quien mate a la evocación poética, porque ¡ojo, viejito! Que evocación y nostalgia no son lo mismo.

Los poetas Óscar Acosta y Rigoberto Paredes, abril del 2012. Foto: Fabricio Estrada.

Era 1993 cuando me acerqué a él junto a la bandada que movía al taller de poesía Casa Tomada; Paradiso era frecuentado por lo más selecto de la intelectualidad con aquella música de fondo inconfundible traída desde los rincones más lejanos del auto-exilio ilustrado. Los años ochentas amenazaron con desaparecer hasta los versos y habían dispersado a muchos y a muchas fuera del país y, aquellos eran los días del regreso al estruendoso hastío de Tegucigalpa. Rigo y Anarella regresaban de México, de Colombia, de Francia, de España, qué sé yo, pero saberlo nos imponía cierta condición de peregrinaje al lugar de los poetas, el Paradiso noventero cuya mística orquestaba Rigo para celebrar –oficiar, dirían los perversos- la palabra.

Y la palabra comenzaba en Catulo, Propercio y Marcial para luego subir por los andamios de Las tristes de Ovidio, Montale y el templo jamás saqueado de Rubén Darío (alguien, menos sensible, robó el pequeño busto de Darío de la barra de Paradiso pero Rigo siguió anclado escuchando las lecturas y presentaciones desde ahí mismo, clínico, tan dariano como experto en descalabros lingüísticos que había que señalar sí o sí). “Poeta, tú que tienes la luz, dime la mía” preguntaba Rigo al verme así como luego lo seguiría haciendo, casi como un tantra, en la última serie de poemarios publicados por Ediciones Paradiso. Porque Rigo tenía una idea clara que le servía de indagación: “No soy yo ¿quién soy yo? Es la poesía y su luz y eso hay que respetarlo, hay que elevarnos del trágico provincianismo para ir hacia ese mundo que no tiene fronteras pero que exige tanto habitarlo”.

De manera invariable eso fue lo que aprendí a ver en él. Su nombre ya era ceiba crecida pero nunca lo esgrimía para apabullar a nadie. No lo necesitaba. Era Rigo el arte de contenerse. Ni una discusión excesiva ni un lenguaje corporal abundante. Eso sí, su poesía era implacable como inclaudicable, fue su resistencia a ultranza cuando la avalancha de los malos y odiosos discursos se le venían encima. En nadie se reunía mejor tanta risa contenida.

Viaje tras viaje, paisajes dejados atrás, carontes evadidos, imbéciles ignorados, Rigo avanzaba sin prisas pero guardaba, delicadamente organizado, el tótem poético como un diente de león para el soplo de sus últimos años. De su resguardo, vimos salir poemario tras poemario como polen prístino entre doradas luces y luengas barbas de profeta. “Si querés me callo” nos decía con ironía socarrona al haber entregado un libro más entre tanto poeta joven cuidadoso de no publicar. Aquella risa podía venirle fáunica y transparentaba, ante ojos precavidos, el ambiente de una fonda quevedana en burla permanente a Lope de Vega. ¿Quién era el Lope de Vega de turno? Eso queda bajo los cuidados de los pájaros más fieles y de su querida musita Anarella.

Recuerdo una tarde en especial, la tarde en que la piscina de Juayua, El Salvador, nos dio las horas suficientes para hablar y reírnos en absoluto territorio neutral. Era el último festival internacional que compartíamos. El volcán de Izalco se perfilaba tan antiguo como el Rigoberto Paredes que ahí hablaba. No necesitaba testigos para ser. Flotando en la pequeña alberca, yo apenas era un niño escuchándolo. Habló de Keats, de Emely Dickinson, de Lezama Lima, de Blanca Varela, Seferis, Elytis… y algo me decía que, como Funes el memorioso, Rigoberto estaba fijando puntos en mi caos. La tarde se suspendía como las sábanas blancas en el patio engramado y, junto a los poetas Roberto Arizmendi y Ricardo Ballón  escuchábamos, una escena que Fellini jamás rodó y que ahora proyecto en las cortinas que la lluvia deja en Puerto Rico.

¿Se encuentra muy mal? Le pregunté a Anarella en la sala de emergencia mientras los doctores creaban su sortilegio alrededor de un Rigo que soñaba estentóreamente entre tubos, pequeñas pantallas y pitidos de una selva blanca. Anarella me vio. Ahí adentro llovía. El hospital entero llovía como aquella tarde en que los tres nos sumamos al pueblo para rescatar las urnas que habían sido confinadas en la base aérea Hernán Acosta Mejía. Ella lo llevaba del brazo y él iba calculando el odio de los soldados que nos miraban entrar al mar partido en dos. “Fabri –me dijo-, una cosa debés saber: hay que ser inclaudicable”. La lluvia se hizo violenta y los soldados ya estaban aburrido de contar a aquellas empecinadas hormigas que trasegaban una urna tras otra para devolverlas a las calles, a la expectativa del 28 de junio que se aproximaba. Rigo se recuperaba entonces de un mes muy difícil en convalecencia, pero eso no le impidió estar ahí para desconcierto de los fieros soldados que se preguntaban quién era ese profeta sefardí que se abría camino entre sus dientes afilados.

“Rigoberto está muy grave”, me respondió Anarella mientras al fondo los doctores intentaban estabilizar al poeta. Y ahí la vi a ella, completamente cerca, de nuevo sosteniendo con brazos invisibles al poeta que tanta tierra cruzó para regresar siempre a ella. “Oime, musita, este pueblo está dolido”, alcancé a escucharle a Rigo mientras seguíamos adentrándonos a los lluviosos vestíbulos del golpe de Estado. “¿Por qué no desear un país que no duela?”, escribiría luego y así llegaron a mí esas palabras, en un rincón donde el mar desmenuzaba a la isla verde y la noticia de su muerte me desplomaba. “Tenele cuidado a Tegucigalpa, Fabri, Monterroso te lo puede decir mejor”, “levántate lo más temprano a leer y a escribir porque la poesía no espera”, “tenele cuidado al converso ¡ay del converso!, es el más terrible”.

El mar no era un árbol y recuerdo bien el desdén con que Rigo lo vio por última vez en Acajutla, muy parecido a ese gesto inescrutable que hizo en Trinidad al ver las elevaciones del cementerio. La muerte y sus formas, la muerte y sus aspavientos de eternidad le daban igual. El quería regresar lo más pronto a casa para escribir y leer sin marejadas ni lápidas demasiado pesadas. Él quería saber con cuántos versos exactos se podía derrotar al océano y con cuántos poetas podía contar para hablar de poesía; porque las cosas hay que decirlas por su nombre, a fuego lento y entre flamas de helechos, pero decirlas, aunque ya comenzara a fastidiar eso de ir dando refugio a los pájaros que ni son bellos ni cantan y que sólo saben volar, sin destino, sin pasado.

Fabricio Estrada

Fajardo, Puerto Rico

13 de marzo del 2015, Ab urbe conditae.

     VUELVA RIGOBERTO PAREDES

                   Hernán Antonio Bermúdez

Las generaciones se suceden a un ritmo pasmoso en la alta mar de la vida, y aún a mayor velocidad en el pequeño y burbujeante remanso del cuadrángulo”.

Robert Louis Stevenson

Para Rigoberto Paredes los libros eran el remedio infalible contra todos los males, y tenían la capacidad de otorgar placer y de darle mayor significación a la vida.

El sabía, como pocos, escoger el tono adecuado y el vocablo justo, y eso que legiones de palabras acudían a su conjuro, y decenas de giros idiomáticos se disputaban a la vez el chance (léase el privilegio) de ser seleccionados por el poeta. Por supuesto, sólo Rigoberto sabía preparar la cocción verbal susceptible de crear “el perfecto esplendor de la poesía”(1).

En ese menester recurría –como siempre- a su imaginación y a su memoria, que son dones que no se desgastan con el uso. Tras prestar sus servicios en tantos poemarios, las soleadas imágenes del pasado (remoto y reciente) brillan aún en la pupila de la mente, sin borraduras ni tintes descorridos.

Se ha ido del todo, pues, el poeta mordaz y socarrón que, además, gustaba del juego y del humor sedicioso. Su quehacer literario es modelo de rigor y perseverancia, de brillantez no exenta en ocasiones de una amarga melancolía.

Sin embargo, las chispas creativas con las que consiguió verbalizar su vida interior y sus entrevisiones (de la dura Honduras), y que tanto alumbraron nuestra poesía, “llevan dentro de sí – al decir del poeta Mark Strand- el deseo de ser relevadas del peso de la brillantez”.

Rigoberto Paredes quizá se sienta ahora aliviado de esa carga, pero sus amigos y lectores estamos de luto, “porque sin él la tierra es otra”(2).

Tegucigalpa, 9 de marzo del 2015

(1) Irreverencias y reverencias, p. 15

(2) Idem. p. 31

Rigoberto 1991Durante la reapertura de la Librería y Galería de Arte Paradiso, en 1991

FER, PENNY, MAMA Y PAPA11 de noviembre de 2010, celebrando el cumpleaños de Fernando Antonio, con Penny y Anarella.

Rigoberto Andres y RigobertoRigoberto y Rigoberto Andrés, enero de 2014

2014-09-06 12.47.12

Durante la visita a la tumba de Francisco Morazán en San Salvador, El Salvador, 2014

rigoberto paredes 1

Con Rubén Izaguirre, en su programa de televisión, 2011

Rigoberto y Alejandra

Rigoberto Paredes con la escritora Alejandra Munguía, 2014

Rigoberto, Edgar, Fanny, Anarella

Rigoberto Paredes, con las/os historiadoras/es Edgar Soriano, Anarella Vélez Osejo, Jorge Amaya y Fanny Durón.

la obra de Rigoberto

Xiomara Castro en el sepelio del Poeta Rigoberto Paredes

Xiomara Castro Sarmiento de Zelaya realiza la lectura y entrega el acuerdo de duelo de LIBRE durante el funeral del poeta Rigoberto Paredes.

Sepelio 1

Sepelio 2

Sepelio 4

Sepelio 5

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAdjundo diferentes muestras de pesar demostradas durante las exequias del poeta Paredes:

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Contra el lunes

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Monologo al poeta Rigo

Ferri Rossi Landi

Disculpe poeta;

pido la palabra

perdone esta habladera

poeta su lengua adversa

está viva en cada silaba;

disculpe que no salgo

ahí foteado con usted

mire no escribo

para caerle bien

poeta debe usted estarse riendo

de mis imitaciones

de mis necedades

usted esta vivito

dándose la gran vida

al otro lado de esta misma vida

y no crea que le voy a hurtar sus poemas

y que me voy hacer el imitador de sus irreverencias

porque eso sí

quien no va a seguir sus huellas

sobre la ceniza de la tarde

quien no va a seguir leyéndolo

entre nostalgias de luna en Paradiso

con Baudelaire y sus paisanos

perdone poeta;

no se me haga el muerto

ud sabe de este oficio de reír;

por eso me detenido en el llanto

para aplaudir sus metáforas

y quedarme en el extravío

de sus voces

aunque no era se du camada

antes de nacer ya lo había leído

ya grande había aprendido

a burlarme de mismo

y ahora que usted

lejos

quien me va enseñar a escribir buena poesía;

debe usted a esta hora

estar convirtiendo a Dios en buen poeta.

 

Ver:   https://www.youtube.com/watch?v=O1VsaA4wrNY   Elogio a la Gordura, lectura en el Festival de Medellín

https://www.youtube.com/watch?v=1I8CzdALsHQ   Letra para un Himno, Lectura en Café Paradiso, editado          gracias a la labor de PLAN y  Fundación Lupin.

https://www.youtube.com/watch?v=tp0aaOlhk2I, Presentación de la obra Partituras para Cello y Caramba

2 comentarios to “Rigoberto Paredes”

  1. Honduras ha perdido un gran poeta, lo recuerdo con afecto y admiracion.

  2. EXTRAORDINARIOS ESCRITORES E INTELECTUALES HONDUREÑOS QUE SUFREN ESTA PATRIA/MATRIA

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